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domingo, 22 de marzo de 2009

GUERRA CONTRA EL TIEMPO


Revista Noticias - 22-Mar-09 - Opinión

Tesis
Guerra contra el tiempo

TIC TAC. El Gobierno intenta acortar los tiempos y la oposición los dilata.

por James Neilson
dette que está resuelta a seguir teniendo veinte y pico de años, o menos, aunque según el calendario se despidió hace tiempo de los cincuenta, los Kirchner harían virtualmente cualquier cosa para frenar el reloj cuyo tictac inmisericorde les impide dormir, de ahí la decisión de sacar tres meses de la campaña electoral. Creen que, además de permitirles conservar por un rato más su edad actual, la maniobra servirá para recordarle al país que los líderes de la oposición aún son niños de pecho y que por lo tanto sería una locura pensar en apoyarlos.

Néstor Kirchner ya ha dicho que hay que defender "la gobernabilidad" y lo repetirá mil veces en las semanas próximas, dando a entender que confiar en los candidatos apadrinados por Julio Cobos, Elisa Carrió, Mauricio Macri, Felipe Solá, Carlos Reutemann y los demás abriría las puertas al caos que siempre está al acecho. Es posible que en esta ocasión funcione el chantaje así supuesto y que, desde su punto de vista, los resultados de los comicios no le sean tan desastrosos como algunos prevén, pero los beneficios serían pasajeros. Mal que les pese a los Kirchner, su gran enemigo, el tiempo, continuará socavando el poder que supieron construir cuando el futuro era suyo. Después del 28 de junio, se extiende lo que para el matrimonio patagónico será una eternidad llena de sorpresas desagradables.

Pero a los Kirchner les encanta el dramatismo. Maniqueos natos, ven todo en blanco y negro. Sus apuestas son a todo o nada. Para Néstor, se trata de elegir entre permanecer en el siglo XXI con él al timón y regresar a los horrores de los años noventa del siglo pasado como sucedería si la ciudadanía cometiera el error apenas concebible de tratar de prescindir de sus servicios. Para Cristina, prolongar la campaña -mejor dicho, "la feria" electoral- hasta octubre sería suicida. El país sencillamente no soportaría una distracción tan insensata.

Es que a Cristina también le tientan los extremos. Hace poco, afirmaba que la crisis internacional no tocaría la Argentina, blindada como estaba por la sabiduría legendaria de Néstor; ahora dice que trozos de un mundo en vías de despedazarse le caerán encima. Como es natural, los líderes opositores se sienten desconcertados por tanta histeria presidencial. ¿Es verdad que el país se encuentra frente a un peligro mortal o sólo se trata de algunas dificultades manejables de la clase que suele surgir cuando un modelo económico se vuelve obsoleto y hay que reemplazarlo por otro? ¿Les convendría más tomar las cosas con calma o prestarse al juego kirchnerista?

La mayoría prefiere la primera alternativa: los llamados disidentes peronistas y Macri aún tienen los ojos puestos en el 2011. Se imaginan estrategas que piensan en el largo plazo, no tácticos astutos que no ven más allá de mañana. Por su parte, Carrió no cree que los Kirchner sobrevivan 33 meses más en el poder: prevé que, pase lo que pasare en las elecciones legislativas, el gobierno actual se desmoronará bien antes de terminar el período fijado por la Constitución para que Cristina siga instalada en la Casa Rosada. Dice que no le gusta lo que ve en su bola de cristal, pero que es necesario que el país se prepare para algunos meses muy pero muy agitados.

La artífice de la Coalición Cívica dista de ser la única persona que piensa en tales términos. Con cierta frecuencia, voceros informales kirchneristas, personajes como el piquetero Emilio Pérsico, se encargan de advertirnos que si los candidatos oficialistas sufren una derrota que atente contra "la gobernabilidad", Néstor y Cristina no vacilarán en regresar a El Calafate para que Cobos intentara manejar el país, algo que suponen no estaría en condiciones de hacer por más de un par de semanas. ¿Sólo se trata de una amenaza? Parecería que no. A juzgar por las alusiones constantes a helicópteros de Néstor y sus fieles, el tema de una eventual huida obsesiona al matrimonio, aunque a esta altura comprendería que no les sería del todo fácil escapar de los interesados en forzarlos a rendir cuentas ante la Justicia por asuntos como el supuesto por el aumento fenomenal del patrimonio familiar.

Los demás integrantes del elenco político, sin excluir a Carrió, juran que lo que más quieren es que Cristina se mantenga en el poder hasta el día final del mandato que le fue confiado en el 2007, pero los Kirchner mismos se las han arreglado para recordarles que aquí las reglas constitucionales son a lo sumo sugerencias bien intencionadas. Se ha creado, pues, una situación paradójica en que los más decididos a asegurar que la Presidenta complete sus cuatro años en el cargo no son sus simpatizantes sino los que critican con más vehemencia su gestión. Sería reconfortante poder atribuir dicha contradicción a nada más que la conciencia generalizada de que hay que aferrarse a la Constitución porque violarla nuevamente tendría consecuencias nefastas, pero también incide la resistencia a asumir, aunque sólo fuera anímicamente, responsabilidades que le corresponden al Gobierno.

Una deficiencia del presidencialismo rígido copiado de los Estados Unidos consiste en que la oposición de turno carece de motivos para ser "constructiva" hasta vísperas de las elecciones nacionales, ya que en teoría por lo menos no podrá verse convocada a gobernar. Por tanto, aquí es normal que quienes buscan diferenciarse del caudillo reinante se habitúen a oponérsele en todo momento; aun cuando días antes le pidieran tomar una medida determinada, lo criticarán con ferocidad por haberla adoptado. Como los Kirchner saben muy bien, el oposicionismo es una trampa: quienes caen en ella pueden ser aplaudidos pero raramente consiguen convencer a un
electorado hambriento de "propuestas" y "soluciones", sobre todo en etapas tan plagadas de incertidumbre como la actual, de que son capaces de hacer algo más que formular denuncias contundentes.

El ex presidente y su mujer quieren que el tiempo pase rápido. Si pudieran, eliminarían lo que queda del 2009, todo el 2010 y la mayor parte del 2011. A sus adversarios -enemigos, diría Néstor- nada les gustaría más que estirarlo hasta el infinito. Están acostumbrados a negociar acuerdos tan precarios que un comentario inoportuno basta como para deshacerlos, para entonces comenzar de nuevo, de suerte que la idea de un frente común les parece tan remota actualmente como lo fue uno, dos o tres años atrás.

Los Kirchner los han obligado a ponerse a obrar en serio. Al hacer gala del desdén que sienten por las normas -cambiar la fecha de elecciones nacionales no es lo mismo que hacerlo en una provincia o municipalidad-, les ha brindado un motivo más para cerrar filas. Aunque hay diferencias ideológicas entre los distintos partidos, facciones, alianzas, coaliciones y así por el estilo, sus jefes pueden decir que dadas las circunstancias hay que subordinarlos al respeto por el espíritu de la Constitución. Asimismo, no debería serles excesivamente difícil coincidir en que el orden político efectivamente existente, uno en que el marido de la Presidenta actúa como si
fuera un dictador electivo sin ocupar ningún puesto formal en el organigrama gubernamental, tal vez sería apropiado para un reino medieval pero no lo es para un país tan importante como la Argentina.

Tal y como sucedió con el campo, Néstor Kirchner ha dado a una oposición heterogénea una excusa para minimizar sus divisiones a fin de emprender en conjunto la defensa de los intereses comunes. De no haber sido por su terquedad, a nadie se le hubiera ocurrido crear la Mesa de Enlace. Del mismo modo, podría formarse una mesa de enlace política aglutinada por la conciencia de que hoy por hoy la arbitrariedad característica de los Kirchner es de por sí desestabilizadora y que por lo tanto hay que encontrar el modo de limitarla. Con todo, aunque hay señales de que muchos dirigentes opositores entienden que la dispersión es lo que más favorece a los Kirchner -de no ser por ella, sus perspectivas serían lúgubres-, sorprendería que lograran reducir las diferencias que los separan a tiempo para hundir a la pareja en lo que han transformado en un plebiscito sobre su gestión.

Los Kirchner se han debilitado mucho a partir de la elección de Cristina y no hay motivos para creer que puedan rebobinar la película que relata su auge, su ocaso y su eventual caída para ahorrarse un desenlace desafortunado. Antes de surgir la alianza del PRO con un sector poderoso del peronismo bonaerense, contaban con la gran ventaja de enfrentarse con una oposición -o sea, una alternativa- que no parecía estar en condiciones de garantizar un mínimo de "gobernabilidad", ya que hubiera sido una presa fácil para la CGT y los clientes de los dueños del conurbano, pero desde entonces su monopolio del poder duro no ha sido tan evidente.

Aun cuando logren eludir el "escollo" que según Cristina, son las próximas elecciones legislativas, les aguardarán muchos otros si, como se prevé, la economía sigue haciendo agua, lo que empobrecería todavía más a la ya muy pobre mitad de la población cuyas penurias no llaman la atención del Indec intervenido. La hora de la oposición, pues, podría llegar muy pronto. ¿Sabría aprovecharlo? Puede que sus líderes no se vean constreñidos a responder a dicha pregunta hasta fines del 2011, pero por las dudas les convendría prepararse para contestarla mucho antes.

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